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Si usted realiza una búsqueda rápida por Internet, encontrará mil y una maneras de aumentar su autoestima. Esto se debe a que hoy se comprende que la mayoría de los problemas humanos se deben a una baja autoestima.

Debido a esto, hemos visto al mundo crear un culto en torno a la elevación de lo que las personas piensan y sienten sobre sí mismas. El problema es que esto ha sido hecho de manera que “sentirse bien” se ha convertido en la excusa para muchas cosas, como el consumo desordenado, el ocio costoso, los tratamientos estéticos interminables, las cirugías plásticas, el entretenimiento frenético, salir de una relación y entrar en otra, exigir ser tratado de una o de otra forma …

Incluso herir y ofender a los demás, en nombre de quedar bien con uno mismo, es considerado aceptable, porque, finalmente, si eso le hace feliz, ¡eso es lo que importa!

Entonces, el marketing del levantamiento de la autoestima impulsa muchos seguimientos, pero, principalmente, el comercio. Los mismos productos son tan divulgados como promotores de la felicidad, no tienen poder permanente de satisfacción, obligando así al consumo vertiginoso.

En la actualidad, las personas gastan sumas exorbitantes para adquirir algo, no obstante, se sienten bien por un corto tiempo y, enseguida, necesitan otra cosa y otra. Hay gente que ya no sabe qué hacer para sentirse bien, porque todas las propuestas ofrecidas por este mundo ya fueron probadas y nada satisfizo de manera duradera.

Sin embargo, quiero decir que esta autoestima que depende de cosas y personas es engañosa y vulnerable, porque deja al ser humano en manos de terceros. A fin de cuentas, ¿quién no ha oído a alguien decir que se siente una basura porque fue ignorado u olvidado por un determinado amigo? ¿Cómo es posible que su estado físico, emocional y espiritual dependa de la buena voluntad de los demás?

Cuando nacemos de Dios, no hay problema de autoestima, porque el Espíritu Santo transforma nuestra identidad y nuestro valor. Por eso, no permanecemos en esa oscilación, que a veces estamos bien y otras mal. No nos lastima la forma en la que nos tratan, mucho menos con un superego, porque estamos realizados en alguna situación.

Ser hijo de Dios nos hace encontrar una posición segura e inquebrantable, que también nos trae una satisfacción interna sin igual. Si somos honrados, decimos “¡Amén!”, si somos despreciados, también decimos “¡Amén!”, porque nuestro valor no proviene de lo que otros hacen o piensan respecto a nosotros.

Necesitamos alcanzar la madurez para no delegarle a nadie el poder de hacernos sentir bien o mal. Después de todo, ninguna persona tiene la obligación de elevar mi autoestima. Ni el cónyuge, ni el pastor, el amigo (a) o el jefe. Cada uno debe dentro de sí su sentido de valor propio, de modo que no importa lo que nos hagan o nos dejen de hacer, para que sigamos siendo quienes somos.

Pablo entendió bien este asunto, por eso dijo que poco importaba lo que las personas pensaran de él. Además, el apóstol dijo que no le prestaba atención ni siquiera a lo que él mismo pensaba o sentía. ¡Qué grandeza de fe!

No es lo que siento lo que cuenta, sino quién soy yo para Dios. Ese es el motivo de la felicidad que nadie ni nada tiene el poder de quitarme.

Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. 1 Corintios 4:3

Ante esto, ¿usted todavía está preocupado por “sentirte bien”?